
Nos han robado a Carla. Igual que antes nos robaron a otros: Chris Martin, Pete Doherty... Nos sentíamos orgullosos de contarnos entre sus seguidores. Afortunados por haberlos descubierto entre la multitud. Especiales. Hasta que un día empezaron a aparecer en las páginas de sociedad de los periódicos, en la prensa rosa, en los programas del corazón: en todos aquellos medios tan ajenos a nosotros y a ellos. Y ya no eran los mismos. Ni rastro del compositor de la luminosa "Yellow". Sin noticias del líder de los robustos Libertines. Se habían transformado. Habían pasado a ser otra cosa. Nuevas caras. El padre de Apple. El novio yonki y macarra de Kate Moss.
La transformación de Carla Bruni va mucho más allá. Era la dama de la canción cool y ahora es la dama de Francia (ya nunca podrá dejar de serlo). Nos la imaginábamos igual que en la portada de su segundo y hasta la fecha último disco, en un pequeño pero cálido apartamento de Montmartre, o del Trastevere, acompañada de su guitarra, de sus CD's, y releyendo poemas de Yeats o Emily Dickinson, y ahora nos preguntamos : ¿qué va a ser de ella? ¿Encontrará la inspiración necesaria en la fría magnificencia del Eliseo? ¿Se sentirá, pese a ser de noble cuna, cohibida por tanta majestuosidad, por el peso de la historia de un edificio por el que tantos y tan insignes desfilaron antes que ella: Luis XV, Luis XVI, Murat, De Gaulle, Mitterrand, Chirac...? ¿O se amoldará por el contrario a su nueva vida sin demasiados problemas, y ensayará nuevos temas con total desenvoltura en un mullido butacón del Salón Dorado, o en los sillones de cuero del jet presidencial mientras su marido revisa una proposición de ley o estudia nuevas fórmulas para frenar la inmigración? ¿Preferirá la macabra soledad y el recogimiento del búnker anti-atómico?
Resulta difícil, por mucho que se hable de la erótica del poder, por mucho que Sonsoles Suárez también cante en un coro, acostumbrarse a sociedades de esta naturaleza. Casar el pop con la alta política. El arte con la diplomacia.
Tan difícil como aceptar que alguien que votó por Segolene se haya casado con Nicolás.

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