viernes 28 de marzo de 2008

Bienvenido, Mr. Follet


Probablemente, lo que sigue no guste demasiado a los incontables lectores de Ken Follet, lo que me preocupa más bien poco. Dudo asimismo que haga mucha gracia en Vitoria, lo que ya me duele algo más. Y desde luego desagradará por completo a mi madre (fan militante de la ciudad y del autor galés) lo que, como a cualquier hijo decente, me apena muchísimo. Sin embargo no me resisto a manifestar, parapetado en este refugio, la sorpresa, perplejidad y, si me tiran de la lengua, hasta el ligero bochorno que me produce todo el revuelo que se ha montado en torno a Follet y a la presentación de su nuevo libro, "Un mundo sin fin", en Gasteiz, un acontecimiento del que ya han pasado un par de meses pero que me viene ahora a la memoria al cyber- toparme (aún no he tenido ocasión de palparla en persona) con unas imágenes de la estatua que han erigido al famoso escritor frente a la catedral de Santa María.
No hace falta presentar a Ken Follet. La palabra best-seller se inventó para definir a tipos como él. Millonarios artesanos de tramas. Alquimistas literarios capaces de transformar tinta en oro. Es probable que cualquiera que ahora me esté leyendo haya comprado alguno de sus libros, ya que ha vendido la friolera de noventa millones. Y es más que posible que, dado que sólo en España ha vendido cinco millones y medio, el que haya comprado sea "Los pilares de la tierra". Yo mismo leí en mi tierna juventud esta voluminosa historia en torno a la construcción de una catedral en la Inglaterra medieval y recuerdo que hubo una época, unos diez o doce años a.C. (antes del "Código Da Vinci"), en que no era difícil encontrar un ejemplar en cada mesilla, en cada estantería o, lo que es más sorprendente, en cada vagón de Metro o autobús, algo encomiable teniendo en cuenta que las 1.300 páginas de que consta la novela pesan como un templo gótico.
Pues bien. En octubre del 2002 Ken Follet visitó las obras de restauración de la catedral de Santa María de Vitoria, como también hicieron otros autores de mucha más enjundia como José Saramago, Mario Vargas Llosa o Arturo Pérez Reverte y que sirvieron para promocionar un proyecto con el que se pretende dotar a la casi siempre olvidada Vitoria de un atractivo turístico. Los que le acompañaron en su recorrido, y esto ya forma parte de la leyenda, dicen que Follet, el amante de las catedrales, el estudioso de la arquitectura, salió obnubilado, maravillado por lo que acababa de ver, hasta el punto de que el vetusto y doliente edificio le procuró la inspiración que le había faltado para acometer la titánica tarea de darle una continuación a la obra que le encumbró. Durante un lustro, el novelista británico se mantuvo en contacto con los responsables de la Fundación Catedral Santa María. Recabando información. Estudiando los defectos que habían llevado a la catedral vieja de Vitoria a la ruina, traspasando a la ficticia catedral de Kingsbridge, en torno a la cual giran los arquetípicos argumentos de "Los pilares de la tierra" y "Un mundo sin fin", los desequilibrios, humedades y corrientes subterráneas que minaban la salud del templo alavés. Una vez acabado el libro, otro caballo ganador, otro éxito comercial asegurado, tal y como el viejo zorro Follet se había cuidado muy mucho de que ocurriera, como todo lo que toca alguien que desde joven tenía clara la decisión de sacrificar lo literario por lo económico y que vendió su primer manuscrito para pagar la hipoteca, una vez escrita la secuela, decía, decidió tener tres detalles con la Fundación. Primero, elegir una foto suya en el coro de la catedral para ilustrar el interior del libro. Segundo, incluirles, entre otras muchas fuentes de inspiración, en su listado de agradecimientos. Y tercero, presentar la edición española del libro en Vitoria.
En realidad, nada hay que reprochar a Follet, que siempre tuvo la honradez de reconocer su condición de respetable mercenario de las letras. El reproche es para aquellos que, cegados por el fenómeno de "Un mundo sin fin", por la desmedida fortaleza a nivel editorial del autor, encumbran a la categoría de genio a alguien que nunca se ha tomado a sí mismo artísticamente en serio y le erigen una estatua frente al edificio más importante de la ciudad. Para aquellos que no les importa vincular un proyecto de años y una catedral de siglos a un personaje efímero cuya incomprensible réplica pervivirá por encima de sus obras. Que se muestran tan serviles, tan genuflexos, tan provincianamente honrados por la magnanimidad de Mr. Follet que, con todos los respetos, me recuerdan a esos fans que gritan enfervorecidos cuando Bono o Madonna se enfundan en un concierto una camiseta del Atlético, o del Betis, o del Celta para complacer al público local.

Lo cierto es que todo parece desmedido. Si todos lo lugares en los que Follet ha presentado sus novelas (traducidas al alemán, al francés, al catalán, al italiano, al japonés, al húngaro...) le dedicaran una estatua, el mundo estaría lleno de Ken Follets de bronce (curiosamente, la realidad es que ni siquiera en su Cardiff natal tiene una estatua). Si todas las personas, ciudades o edificios a los que Follet ha mentado como inspiración a lo largo de su carrera se dieran una importancia semejante a la que se ha dado Vitoria, lo único que denotarían es una alarmante falta de riqueza e historia propia que dar a conocer al mundo.
Probablemente alguno de los deslumbrados por la deferencia de Mr. Follet se eche las manos a la cabeza. Yo sólo le pediría a los responsables municipales y provinciales, que como Pepe Isbert, se asomaran al balcón del consistorio y dijeran eso de "como alcalde vuestro que soy os debo una explicación".