jueves 9 de julio de 2009

La Bien Querida y los clásicos domésticos

"Clásico doméstico": dícese de aquel disco o tema que gusta a todos los miembros de la familia y que, de tanto sonar, acaba formando parte de la banda sonora del hogar.

En nuestro caso, los clásicos domésticos no son muy originales ya que son también clásicos del pop reciente en general. Discos de Belle & Sebastian, La Buena Vida, Kings of Convenience, Family... Temas sueltos de Damien Rice ("The blower's daughter"), The Cardigans ("Communication"), Jens Lekman ("The opposite of Hallellujah")... Todos ellos, como habréis visto, comparten virtudes similares. Sensibilidad. Melodía. Y todos ellos, también, cumplen la única condición sine qua non para ser un clásico doméstico: se oyen bien en el mediocre lector de CD's de nuestro coche, un reproductor-lavadora que centrifuga los discos y convierte en una tortura la escucha de cualquier tema en el que suenen a la vez más de tres o cuatro instrumentos.

En las últimas semanas se ha sumado a esta lista un clásico doméstico que parece destinado a, como diría Joaquín Luqui, ser tres, dos o uno en este chart sentimental: el "Romancero" de La Bien Querida. Y, en cierto modo, me sorprende, porque ni me gusta el flamenco, ni los toques étnicos ni las chicas con falda larga, tres elementos íntimamente ligados a Ana Fernández-Villaverde, que por lo visto (¿por qué no me enteré?) ya había generado gran expectación con su maqueta .

De todas formas, para no despistar al que no lo conozca, el debut de La Bien Querida estaría archivado exactamente en la misma sección que varios de los clásicos domésticos mencionados más arriba. Pop deliciosamente dulce. Canciones sobre el amor y el desamor. Indie español en el mejor sentido de la palabra con dos ventajas sobre otros proyectos parecidos: la voz (bastante mejor que la de Irantzu Valencia o las chicas de Nosoträsh, por ejemplo) y la producción (excelente David Fernández, de "Beef"). En definitiva, una docena de temas que, en general, desarman más por la forma que por el fondo. A pesar de alguna frase destinada a perdurar y que no dejamos de tararear en la ducha. Ejemplo: "Virgen de la Cueva por favor, haz que no llueva". O mi favorita: "Si me desperté una mañana a tu lado, es que el universo no estará tan mal pensado".

miércoles 8 de julio de 2009

Antony & The Johnsons: el inculcable valor de lo único


La diferencia escasea. Hay miles de artistas, de músicos, de actores… pero muy pocos tienen un don único. Algo que les distinga entre la multitud. El difunto Michael Jackson, por ejemplo, lo tenía: ese baile glorioso e inigualable. Antony Hegerty también es un elegido. Por su voz. Por ese timbre tan especial en torno al cual se construye todo lo demás. Una forma de cantar que, sumada a su singular personalidad, a un puñado de grandes temas y al elegante buen hacer de los Johnsons, da como resultado un conjunto delicioso. Tan delicioso como para, después de mucho tiempo sin oir música en directo, animarme a asistir a su concierto en el madrileño Circo Price (lo de Price debe ser por el precio: 75 euros).
Precedido por tres micro-números de danza moderna, Antony, encantador, actuó con su piano durante dos horas largas en las que fue desgranando principalmente los temas de sus dos últimos discos. “Kiss my name”. “Hope there’s someone”. “Fistful of love”. Todas las canciones sonaron impecablemente. Tremendamente bellas.
Yo, que fui sin ningún acompañante, las escuchaba desde mi butaca con la profunda concentración del que escucha en soledad y, con cada estrofa, sentía como si me fuera sumergiendo en una bañera de agua tibia. Por un momento, ya no me importó nada. Las obligaciones. Las responsabilidades. La frustración. Todo se diluyó en medio de la noche. Y me arrepentí de haber pasado tanto tiempo sin abandonarme a esa sensación liberadora. A esa huida inmediata que proporciona el arte en vivo y en directo.

sábado 4 de julio de 2009

Tipos cargantes (I): James Ransone


Lo que más me gusta de tener un blog es que es el único lugar en el que puedo hacer lo que me dé la santa gana. Por eso he decidido, así por las buenas, crear una sección que llamaré "Tipos cargantes" y que no tengo ninguna obligación de actualizar ni mantener. Lo mismo esta es la primera entrada de una larga serie que no volvéis a ver ni a uno más de estos personajes por mi site.
En realidad, para ser sincero, esta sección nace expresamente para poner a caldo a un individuo estomagante, de nombre James Ransone, al que vengo sufriendo últimamente. Probablemente el bueno de James, cuando no actúa, no sea mala persona, pero los dos personajes por los que le conozco me ponen de los nervios. Me crispan. Me matan.

La primera vez que me topé con Ransone interpretaba en "Generation Kill"(HBO) a un chófer-marine verborreico incapaz de callarse y de dejar de decir sandeces aunque le rodeara un ejército de insurgentes iraquies armados con lanzagranadas. Ahora, me lo he vuelto a encontrar en un trabajo anterior en la segunda temporada de "The Wire" (también de HBO) y lo curioso es que ¡¡¡hace el mismo papel!!! Interpreta a un fulano llamado Ziggy igual de pesado, de irritante, de cansino y de presuntamente gracioso sin tener la más puñetera gracia.
Si algún lector también es víctima de los personajes de Ransone y de ese registro al más puro estilo Jar Jar Binks puede llamar al 876 564 321, aunque les advierto que el número es totalmente falso.

martes 30 de junio de 2009

"El hijo del viento": memorias de África


No quisiera parecer un bicho raro, pero el caso es que acabo de leer una novela sueca y el autor no era Stieg Larsson. Está escrita por Henning Mankell (el sueco en el que todos hubiéramos pensado antes del fenómeno Millenium) y el protagonista (otra rareza) no es el inspector Kurt Wallander, héroe de la mayoría de las obras del novelista escandinavo, sino un joven negro que, pese al título del libro, no tiene absolutamente nada que ver con Carl Lewis.

"El hijo del viento", para dejarlo claro desde el principio, no es un libro especialmente profundo ni intelectualmente exigente. No pasará jamás a la historia de la literatura. Sin embargo es ameno y, pese a su sencillez, lo suficientemente consistente como para no ruborizar a lectores avezados.

Mankell, que pasa gran parte de su tiempo en África, nos cuenta la odisea de Molo, un niño trasladado en pleno siglo XIX desde el continente negro a la fría Suecia. Víctima de la incomprensión e incapaz de adaptarse a su nueva vida, Molo no cejará en su empeño de regresar al desierto del Kalahari que le vio nacer. Justamente el trayecto contrario al que sus paisanos sueñan con hacer en el siglo XXI.

Pese a haberme entretenido bastante con su lectura, con "El hijo del viento" me sucede algo parecido a algunas otra historia recientes de este tipo. Narraciones exóticas y con un toque de aventura al estilo de (salvando las distancias) "El afinador de pianos". Que no dejo de pensar en que podrían dar pie a una película mucho mejor que el libro.

miércoles 24 de junio de 2009

"La boda de Rachel" y "Un cuento de Navidad": hogar, amargo hogar


Últimamente pienso mucho en la familia. Probablemente porque sólo tengo un hijo y todo el mundo (el hombre es un animal entrometido por naturaleza) me dice que tengo que darle un hermano.
En realidad, más que pensar imagino. Miro hacia el futuro y trato de adivinar cómo puede ser la relación con mis vástagos de aquí a veinte o treinta años. Fantaseo con momentos idílicos. Soleados días de playa. Bucólicos picnics. Entrañables comidas. Todo parece, en principio, maravilloso. Sin embargo, la realidad me dice que tal vez peco de optimista. Que los hermanos no siempre acaban siendo esos amigos y compañeros inseparables que uno imagina. A mi alrededor, no dejo de ver familias unidas por unos lazos demasiado frágiles. Distanciadas, cuando no enfrentadas. Separadas por diferentes barreras. Como si, en muchos casos, la concordia, la felicidad y el calor del hogar tuviesen fecha de caducidad. Como si al crecer y entrar en la vida adulta, al fundar nuestros propios clanes, nos olvidáramos y nos alejáramos de nuestros orígenes.





"La boda de Rachel" y "Un cuento de Navidad" hablan de esto. De la cara menos amable de la familia. De esas reuniones con padres, tíos, abuelos y hermanos que acaban explotando como bombas de relojería. Ambos títulos bucean en la complejidad del entramado familiar. En sus luces y sus sombras, aunque cada uno en su estilo. Por hacer una metáfora que venga a cuento, diríamos que los dos filmes guardan el código genético de la industria que las ha alumbrado. La película de Jonathan Demme (la que más me gusta) sigue la tradición del cine independiente americano, mientras que "Un cuento de Navidad" cumple las líneas maestras de gran parte del cine francés, elegante e intelectualmente ambicioso.
Dos películas espejo en las que más de una familia (y de dos) se verá retratada.