
Resulta un tanto tardío, ventajista y hasta poco objetivo (teniendo en cuenta que trabajo en el único canal de España que emite la serie) cantar a estas alturas las alabanzas de "The Wire", producción de culto en esta edad de oro de la ficción televisiva ante la que ya se han postrado no sólo los aficionados habituales sino también muchos e insignes miembros de nuestra "intelligentsia". Sin embargo, quería esperar a terminar la primera temporada para emitir un juicio de valor con más conocimiento de causa. E hice bien, porque la deslumbrante traca final con la que acaba esta primera entrega de la saga (en total hay cinco) aún me tiene subyugado y marca de forma decisiva mi opinión.
La obra de David Simon no es sólo una nueva vuelta de tuerca a un género del que, tanto en la pequeña como en la gran pantalla, ya pensábamos que lo habíamos visto todo. "The Wire" es el gran relato policiaco. La narración total. Mientras otras películas o series se centran en determinados aspectos (un caso concreto, un personaje puntual... ), "The Wire", y esa es su gran virtud, lo cuenta todo. Absolutamente todo. Las motivaciones de los policías y los traficantes. El funcionamiento de sus respectivas cadenas de mando. Las consecuencias políticas. El entramado burocrático sobre el que se sustenta el sistema. Simon, asesorado por el ex-detective Ed Burns, comete la osadía de hacer una fotografía total de esa cara sucia de América y no sólo sale indemne de una empresa tan suicida, sino que lo hace con nota.
"The Wire", como un gran clásico de la literatura o una obra maestra del cine, es ni más ni menos que la máxima expresión de su disciplina artística. Y por eso, como suele pasar, nunca, nunca jamás triunfará. Ni falta que hace.






